Tres pasos para acercarnos a la democracia

En la actualidad, lamentablemente la ciudadanía ya no vota en ninguna asamblea. Nuestro sistema no es como aquella democracia griega, sino que afirma ser otro tipo de democracia, una “democracia” representativa. Los antiguos atenienses probablemente dirían que nuestros sistemas son oligarquías, dado el poder recae en un pequeño grupo. Sin embargo, estas oligarquías o “democracias” representativas también pueden acercarse un poco más a la democracia auténtica. En este sentido, hay tres grandes problemas que afectan a la mayoría de los regímenes actuales, los cuales están especialmente relacionados con la democracia. Estos problemas son la concentración del poder, la corrupción y la apatía de la ciudadanía.

El primero de ellos, la concentración del poder, consiste en que unas pocas personas controlen, directa o indirectamente, las tres funciones del Estado, que son la legislativa, la ejecutiva y la judicial. Antiguamente, estos tres poderes eran ejercidos por un monarca absoluto. Es decir, el Rey hacía las leyes, las ejecutaba y también juzgaba. Este poder sin contrapesos, netamente déspota, supuso que muy pocos rigieran el destino de demasiados. No obstante, para contrarrestar este modelo se formuló la conocida teoría de la división de poderes, que proponía que las tres funciones recayeran en órganos distintos.

Checks and Balances y los sistemas presidencialistas

Con los años los parlamentos terminaron legislando, los gobiernos asumiendo la función ejecutiva, y los jueces juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado. Eso sí, para que esta teoría funcione, cada órgano debe elegirse independientemente. Solo así podrán actuar con total y absoluta libertad. Esto es lo que en Ciencia Política se conoce como checks and balances (frenos y contrapesos). Con todo, esta teoría no se ha aplicado bien y, en muchos países, los parlamentos han acabado eligiendo al presidente del Gobierno. Además, en muchos otros, son los políticos los que designan a los máximos órganos judiciales. Estas circunstancias terminan produciendo intromisiones. ¿Este hecho no dificultará que un órgano supervise la actividad de otro, cuando los miembros del primero han sido elegidos por el segundo?

Por tanto, redescubrir a Locke y Montesquieu, podría mejorar nuestros sistemas. ¿Cómo? Haciendo, tal y como sucede en los sistemas presidencialistas, que los presidentes del Gobierno sean elegidos directamente por la ciudadanía. Por otra parte, debería terminarse con el conocido sistema de cuotas, mediante el cual Gobierno y Parlamento se reparten, entre otros, los máximos órganos judiciales del país. En vez de esto, dichos órganos podrían ser confeccionados por los propios jueces o por la ciudadanía, lo que seguramente supondría una vigilancia más eficaz de las actividades de la clase política. ¿Ello que supondría? Que fuera más difícil que se produjera corrupción.

La corrupción es usar los recursos públicos en beneficio propio. Los códigos penales castigan esta práctica a través de distintos delitos, entre los que destaca el cohecho o, como se conoce popularmente, soborno. Así y todo, lo común es optar por la agravación de las penas, en vez de explorar otras posibilidades. Sin embargo, el conocido jurista Cesare Beccaria defendía que un mayor castigo no evita necesariamente el delito, siendo preferible apostar por la infalibilidad de las penas. Esto significa que tiene mayor efecto disuasorio la certeza de un castigo que unas penas excesivamente altas. De modo que, si la mayor parte de la corrupción es política, se hace nuevamente necesario un poder judicial independiente que supervise estas actividades.

A parte de lo mencionado, es imprescindible que haya transparencia de la actividad política. Esto implica hacer totalmente públicas las agendas de los políticos; identificar de forma fidedigna las subvenciones que reciben; o que los grupos de presión estén sometidos a reglas. Igualmente, es necesario introducir el concepto de huella legislativa, el cual consiste en recoger las modificaciones que presenta una norma, desde sus inicios, hasta que es aprobada. Esto permite ver si la misma ha incorporado cambios para beneficiar a determinados grupos. Se trata de que haya suficiente información para fiscalizar la acción política. No obstante, ¿esto sería suficiente para terminar con la apatía de la ciudadanía?

En relación con lo anterior, se dice que la información es poder, pero no servirá de mucho si la participación popular en política se reduce a unas elecciones limitadas a escoger una de las listas previamente elaboradas por los partidos. En este sentido, las instituciones se perciben ajenas y corruptas, una mezcla devastadora que conduce a la desafección política. Es importantísimo acercar la política a la gente porque, aunque la vía asamblearia sea difícil, es factible potenciar otras herramientas.

Por lo dicho anteriormente, los referéndums deberían ser vinculantes, no solo consultivos, para que lo que decida la ciudadanía obligue a los poderes públicos. Asimismo, es necesario que en determinadas situaciones la convocatoria de estos referéndums sea preceptiva. Por otra parte, las iniciativas legislativas populares son un gran instrumento, aunque ahora hay materias en las no se puede usar. Frente a esto, la ciudadanía tiene que poder plantear iniciativas de ley sobre todo aquello que considere apropiado. Además, en este caso, su aprobación no debería depender de los políticos, dado que la norma no fue elaborada por ellos, sino que tendría que someterse a referéndum. Por último, hay que preguntarse: ¿por qué la ciudadanía no puede presentar mociones de censura, ni derogar determinadas normas aprobadas por la clase política? Hay países donde se están llevando a cabo estas prácticas y no funcionan nada mal.

En conclusión, la democracia es un sistema que organiza el poder para que las decisiones sean tomadas por la mayoría. Con todo, parece que dar poder a la gente asusta, pero generaría un sentimiento comunitario que ayudaría a superar mejor los momentos de crisis como el que estamos viviendo en la actualidad. Por tanto, apostar por la democracia merece todos los esfuerzos, ya no solo por conseguir mejores sistemas, sino porque también contribuiría a lograr un futuro mejor.

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