Desafecto y Crítica

Al final van a dejar aquel patético “no volverá a ocurrir”, de Juan Carlos I, como última muestra de arrepentimiento en la Historia de España

En esta época de posverdad en la que nos ha tocado vivir, ya deberíamos haber abandonado la expectativa de que alguno de nuestros líderes, sus esbirros o sus correveidiles nos hablen con honestidad. Eso raramente ha pasado en la historia por mucho que pensemos que otro tiempo pasado fue mejor y, desde luego, no va a pasar en un futuro previsible a la vista del panorama actual.

Lo que es posible que se haya deteriorado es la actitud de las figuras preeminentes del país hacia la mentira y hacia la toma de responsabilidad. Así, hemos hundido las expectativas de tal manera que la realidad no nos decepcione tanto, tan frecuentemente, que nos conformaríamos con que, al menos, diese la sensación de que les parece mal lo que hacen y no que se despachen con chulería. Al final, van a dejar aquel patético “no volverá a ocurrir”, de Juan Carlos I, como última muestra de arrepentimiento en la Historia de España.

Ese caldo de cultivo, concentrado con el fuego de dos crisis económicas superpuestas y no superadas a día de hoy, ha ido vaporizando poco a poco en la última década la poca confianza que la población tenía en el sistema. Tal es así que ese consomé está corroyendo a las instituciones, no sólo a las personas que detentan los puestos lo que merma la credibilidad de una hipotética regeneración en el futuro ni aunque se pudiese mandar por el sumidero a una tercera generación de dirigentes.

En ese guiso amargo tiene dos presentaciones en función de cómo se entienda la relación de interés por la cosa pública y la confianza en el Estado.

Por un lado, podemos tener la ciudadanía crítica que conjuga un sano escepticismo sobre el establishment, ganado a pulso tras cada caso de abuso de las autoridades, con la convicción de que el sostenimiento de la libertad es un derecho y debe llevarse a cabo a diario, no solo cada cuatro años. Esta es la parte de la población que demanda cambios concretos y espera argumentos fundamentados que, nadie dice que sean correctos o que todos tengan que estar de acuerdo.

Por el fondo del cazo se nos pega la parte de la ciudadanía que por diversos motivos se ha quemado bastante y sostiene a la vez una actitud distante ante lo público, cuando no directamente se refugia en las teorías de la conspiración para todo, al tiempo que está alienado del sistema, la que sólo ve como una herramienta de opresión con defectos irreparables. Son la población manifiesta su desafecto por todo cuanto ocurre y que tiene una perspectiva bastante pesimista de la situación.

A todos nos gustaría ser siempre del primer grupo: un odiseo intrépido que haga volver la nave del Estado al puerto seguro con su virtudes cívicas incuestionables y tesón, pero nos lo hacen extenuante.

En los párrafos anteriores he tratado de mantener una cierta ambigüedad al respecto de los sujetos pasivos del escrutinio. Aunque la primera imagen que surja en la mente pueda ser la clase política en general y el Gobierno en particular, estos problemas son sistémicos: empresarios, sindicatos, asociaciones civiles, etc.

Todos participan de esta dinámica del propio descrédito aunque la hipertrofia de los partidos políticos y su voracidad en minutos de televisión los ponen por delante de todos los demás grupos. Además, el ciclo de noticias de 24 horas en el que se desarrolla la actualidad fuerza la creación de contenidos. Así, aparte de la adamantina defensa de los corruptos del PP o los renuncios de Iglesias, nos hemos encontrado con la Santísima Trinidad de la Presidencia del Gobierno en la que se reconoce la existencia de las opiniones de Pedro Sánchez Presidente, Pedro Sánchez Candidato y Pedro Sánchez Ciudadano. No son contradicciones ni mentiras sino verdades referentes a los distintos avatares de la “Pedrosanchitud”. De hecho, ya no hace falta ni consultar la hemeroteca para encontrar discrepancias. En un mismo día, lo que se dice desde Moncloa (a.m.) está desmentido por Moncloa (p.m.)

Para terminar con una nota positiva, según el CIS, con la credibilidad que le quede, a pesar de la pandemia, la escalada brutal de los precios básicos y las crisis ha hecho que el número de ciudadanos críticos haya crecido más rápido que el de los ciudadanos desafectados aunque, claro, puede ser que hayáis respondido a la encuesta para quedar bien. A fin de cuentas así os han enseñado.

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