España sin españoles

De la telerrealidad de esta y de las próximas semanas llega el turismo extranjero a nuestro país sin la presencia de españoles porque están delante de la caja tonta por arresto domiciliario.

Quién le iba a decir a Freda Jackson, británica de 83 años que en 2018 visitó Benidorm, que su queja iba a prosperar dos años después. 

Distintos medios en aquel momento cubrieron la noticia, que no era más que la queja de una turista extranjera acusando a los españoles de haber arruinado sus vacaciones en el hotel donde se hospedó por el mero hecho de haber compartido con ellos el mismo espacio vital. Dos años después, y gracias a la pandemia, una de las medidas más coherentes que el gobierno ha tomado es darle el gusto a esta señora y a tantos otros turistas extranjeros que, con la resaca de las restricciones, podrán disfrutar libremente y a pierna suelta del sol y la playa, en este rinconcito del mediterráneo, sin escuchar ni una pizca de ese insoportable idioma que les cuesta tanto aprender aunque solo sea por cortesía. 

¡Qué discriminación más absurda! Si un francés puede cruzar la frontera para entrar a España con una PCR negativa, ¿por qué un español no puede hacer lo mismo para cruzar la frontera de su provincia y adentrarse a pasar unos días tumbado al sol? ¿Es que el virus es más compasivo con los países del norte de España? 

Todos recordaremos aquella consideración británica de España como uno de los países ‘Pigs’ (acrónimo de ‘cerdos’ en español) con el tema de la deuda soberana de 2011. A partir de ahora, España se consolida así como un país de servicios puesto por y para disposición del turismo que gusta: el que deja propinas. 

El mismo trato de favor se debería pedir en los acuerdos bilaterales entre España y Reino Unido para los españoles que quieran visitar su país. Pero eso ya es otra historia.

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