El poder transformador del periodismo

El periodismo es una de las herramientas más poderosas para informar y convencer. La independencia del trabajo del periodista y la línea editorial del medio no siempre van de la mano, aunque la palabra es un arma poderosa y con ella se puede dar la vuelta a la vuelta y dejar alguna puerta abierta al lector y al oyente en el ejercicio deontológico de ejercer esta profesión.

De los medios de comunicación, la televisión es la que sigue imponiéndose frente a otros instrumentos de información, comunicación y distracción. Desde su aparición hasta nuestros días ha ido ganando terreno y convive ahora con otros soportes de difusión que también utiliza y de los cuales empieza a nutrirse para transformarse en la digitalización. 

La televisión se ha convertido en uno de los principales activos para hacer campañas e impulsar los cambios sociales. Su relevancia se traduce en una influencia para los espectadores que no pasa desapercibida para las empresas, como medio para publicitarse, y para asociaciones y partidos políticos donde siempre buscan tener cabida. Como generador de opinión, la televisión puede incluso cercar y establecer ideas preconcebidas a la audiencia sobre los problemas actuales.

El conflicto como arma 

A lo largo de este año de pandemia hemos visto cómo la tendencia de este y otros medios de comunicación han estado enfocados especialmente en el drama y el conflicto. La crispación política, la desconfianza y el miedo han sido el caldo de cultivo día sí y día también, y como medio audiovisual, la imagen ha ayudado a desarrollar el argumento y esto lo saben bien los directores de contenido.

Los patrones de conducta en televisión dependen del contexto y del formato de cada programa. Lo que hoy es noticia, puede dejar de serlo. Lo que hoy era la postura del programa, puede variar y pasar a cumplir el rol contrario en función del guión del argumento y de los tertulianos que cumplen la función de representar la cara y la cruz de la misma moneda. Pero esto es una sección más del diverso y complicado mundo de la comunicación y el periodismo, y de su poder transformador para generar conflicto o para buscar soluciones. No obstante, su huella no deja indiferente a los espectadores, más si sus postulados se aproximan a las opiniones de los colaboradores. Pero, ¿qué ocurre cuando dividen a la población en dos únicos dogmas? Todo lo demás se pierde y a la vez, perdemos todos. Los extremos nunca se encuentran y esta es la sensación que hay alrededor de los medios donde no hay cabida para el pensamiento crítico a los postulados homogéneos, hoy considerados universales, como sí lo hay para el mundo de las ideas como método dialéctico donde influyen más los sentimientos y emociones a los hechos. 

Estamos viendo como aquí la Justicia se imparte en un escenario televisiado al estilo de las plazas centrales en la Edad Media donde se castigaba al inocente, al criminal y al ratero. 

Frente a la desafección política vista desde el conflicto y los extremos, los sentimientos hacen aflorar ciertos discursos que llenan portadas de periódicos y revistas y, por capítulos, pasan a ser seguidos por una audiencia a la que consiguen engullir sin tirar de hemeroteca para conocer el historial de errores, aciertos y miserias sobre un mismo tema.

En estas últimas semanas ciertos programas de distracción llegan a tratar problemas sociales que,  en otro tiempo, serían ocupados por otros formatos de mayor rigor y seriedad. Aun así, acaparan importantes cuotas de audiencia que no hacen más que acrecentar un camino difuso, el de la telerrealidad, donde también participan miembros del gobierno en plena campaña electoral para hacer un discurso propagandístico y subirse al carro desde la perspectiva de género. Y en el punto álgido del juicio público que se hace, en las mismas cadenas que han ayudado a fomentar y a desacreditar a una persona durante años, y hoy considerada víctima, se intenta educar a la población sobre la violencia machista. 

La invisibilidad de los otros problemas y el poder transformador en la búsqueda de soluciones

En España más de 3.500 personas se suicidan al año y más de 70.000 lo intentan. Entre los jóvenes de 15 a 29 años es la primera causa de muerte no natural.  Pero lo que no se ve en televisión, no existe. Lo estamos viendo también con otros problemas como las colas del hambre, el paro y otras situaciones conflictivas producidas por esta pandemia. 

El periodismo y su poder transformador constructivo puede llegar mucho más allá y ayudar dando soporte a estos y otros temas que, aunque están pasando desapercibidos, será una de las demandas que la política, únicamente, no podrá tratar desde la postura continuada de la confrontación en la búsqueda de soluciones. Es necesario que se abran puertas a espacios de debates que conecten y traten de poner soluciones siendo espejo de lo que ocurre en la sociedad. Y, en otro orden de cosas, sacar también la parte buena y positiva de la humanidad, que también la tiene y es sumamente importante.

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