Responsabilidad de expresión

Pulsado el botón del pánico, ha llegado el momento del “te lo dije” y el miedo nos lleva a las soluciones drásticas: la censura

El Siglo XXI tiene ya veintiún años; está bien crecidito y tiene sus propias aspiraciones. De hecho, ha aprovechado que ya puede beber alcohol en Estados Unidos y ha montado un embrollo que será estudiado hasta la saciedad en los años que le quedan de vida como esas anécdotas de juergas universitarias que la gente viene a contar en un momento inoportuno. De hecho, la imagen del tipo de los cuernos de bisonte parece sacada de una escena de una secuela descartada de “Dos Tontos muy Tontos”, pero eso no fue el final.

La cosa empezó como esperpento, escaló velozmente a amenaza y, desgraciadamente, acabó culminando con cinco muertes, algo que podemos definir como decepcionante sin que fuese una sorpresa porque era un desastre que se veía venir.

Una de las imágenes del impacto del año pasado fue la explosión del puerto de Beirut que, por la información disponible, fue ocasionada por la acumulación de materiales explosivos, fertilizantes en descomposición y años de abandono. Ante estos datos, estaba claro que el riesgo de detonación crecía por días y ningún responsable había dado una solución. Así que, miramos con desaprobación por encima de nuestros hombros, de patricios occidentales, las negligencias de las “satrapías” orientales como si esas cosas no pasaran aquí jamás.

Pues al igual que la tragedia del Líbano no fue cosa de una chispa aislada, lo del Capitolio tampoco lo fue. Hace mucho tiempo que se viene vertiendo veneno en los ojos y oídos de la población con discursos despreocupados, por la veracidad, que han llegado a construir un relato hilando aquellos hechos alternativos de los que tantos nos reíamos hace cuatro años cuando aparecieron.

La clave es esa: se tomó a broma todo el constructo irrisorio y demencial de manera que los autoproclamados intelectuales despreciaban al movimiento MAGA y Qanon sin establecer la más mínima pedagogía, en el caso que fuese posible, o una contraofensiva mediática, cuando no hubiese más remedio. Pero no, «gutta cavat lapidem», poco a poco se ha ido horadando el sistema de creencias que sostiene la democracia ante la inactividad de sus principales beneficiarios.

Cuando un polvorín estalla miramos instintivamente quién hizo saltar la chispa y, como en todo follón de los últimos cuatro años, nos encontramos a los mandos del detonador al presidente Donald Trump, cual coyote de los dibujos animados. Es en ese momento cuando fingimos una revelación en masa, como si todos hubiésemos visto a la vez “El Sexto Sentido”, y es ahora cuando nos damos cuenta de la influencia perniciosa que la manipulación de la información sin contrastar mezclada con la opinión tendenciosa puede tener en la población. En realidad, es algo que ha hecho desde que era candidato; lo ha hecho sin ningún pudor en su mandato. Poca defensa se puede hacer de la animosidad de sus palabras el día del asalto y, lo que es peor, pocos dudan que lo pueda repetir. Así que hay que plantearse cómo evitarlo.

Pulsado el botón del pánico, ha llegado el momento del “te lo dije” y el miedo nos lleva a las soluciones drásticas: la censura. Vamos a llamarlo por su nombre. Se ha encomendado a una entidad privada como es Twitter que haga uso de su prerrogativa y cancele el usuario del presidente Trump y lo silencie. Acto seguido, las tecnológicas Apple, Google y Amazon han dejado soporte a la red social Parler, (popular entre los seguidores de aquél) porque han descubierto que no ponían controles en lo que se decía, al igual que el comisario de Casablanca descubrió que en el Café de Rick se jugaba.

Si la situación del Capitolio escaló rápido, las consecuencias no han ido a la zaga porque, de la cancelación, hemos pasado al veto y ya se están haciendo listas de mandatarios “deplorables” que están viendo reducir sus apoyos sociales y económicos sin audiencia previa. Al final, todo para nada porque los radicales se han reorganizado por Telegram y se prepara la “Million Militia March” para la investidura de Joe Biden el día 20, a parte de 25 alertas de Seguridad Nacional y FBI de posibles actos de terrorismo doméstico.

En definitiva, como dicen los americanos: muy poco y muy tarde.

La clasificación de héroes y villanos es intercambiable en función del bando al que uno pertenezca. Es más, hace unos años leía en Wicked: Memorias de un Bruja Mala, que esas personas no son más que etiquetas que identifican a las épocas y su relación con las mismas es tan mínima como el hilo de la propia etiqueta. No seré quien defienda a Trump, pero no nos podemos dejar llevar por la histeria. Ese hombre es un síntoma, no una causa.

Diría que la gente inteligente aprende de sus experiencias y que la gente sabia puede hacerlo de la experiencia de los demás. En este sentido me pregunto ¿dónde encajan en esta lección los “rodea el Congreso”, los “apreteu, apreteu”, los “escraches” contra políticos que no nos caen bien, los piquetes o la cultura de la cancelación?

El artículo 20.1 apartado a) de la Constitución Española reconoce y protege el derecho a “expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Pero no lo establece de forma ilimitada porque en el 20.4 prevalecen el resto de derechos y libertades fundamentales. Esto está establecido de este modo para recordarnos que cuando se nos llene la boca con el “derecho a la libertad de expresión” también hay una responsabilidad de expresión; una responsabilidad que podemos exigir pero que no podemos desatender hasta que la irresponsabilidad alcance masa crítica y nos veamos aterrorizados por lo que surge.

Una frase del manual del villano es que, en tiempos desesperados, se recurre a medidas desesperadas, pero luego ninguno garantiza que las medidas sean reversibles o que no sean peores que el problema. Así que entiendo que es mejor ser responsables con lo que compartimos y apoyamos antes que esperar a que la censura lo controle. A fin de cuentas, la censura genera censores y luego es muy difícil hacer que la gente renuncie a su medio de vida.

 

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