La Fe en los Estafadores

Entendamos crisis como un cambio crucial dentro de la evolución de un sistema. De estos cambios, el que probablemente sea más patente es la progeria galopante de la “nueva normalidad”

Volvemos después del verano a la Revista Postfactual en esta quincena de septiembre en la que se cumplen seis meses de la declaración del estado de alarma. Efectivamente, sólo han pasado seis meses desde que enterramos la vieja normalidad, la sustituimos por una inquietante anormalidad y establecimos una nueva normalidad inestable con múltiples incógnitas por resolver. Parece que han pasado años pero sólo ha sido medio.

En este tiempo, los 40 millones de entrenadores de fútbol que componen la población española, han aparcado su segundo oficio como economistas y se han dedicado de pleno a sus estudios en la Wikipedia Brother In Law University para sacarse el título conjunto de Epidemiología y Zoología  junto con la capacitación como auditores en Salud Pública. Así, nuestros grupos de WhatsApp han acabado ilustrados con sus tesis sobre la “Plandemia de Wuhan”, las zoonosis, el protocolo de desinfección del virus Andrómeda para volver del súper y la inquina generalizada contra el espectro ideológico contrario.

En este semestre se ha visto de todo. Tanto de lo bueno como de lo malo y no debería sorprendernos porque tenemos que asumir que estamos en una crisis socioeconómica como no se ha visto en décadas. Pero entendamos “crisis” como lo que significa de la forma más aséptica: un cambio crucial dentro de la evolución de un sistema. De estos cambios, el que probablemente sea el más patente es la progeria galopante de la “Nueva Política”. Es pasmoso ver cómo los partidos de llegada más reciente al hemiciclo han defraudado las expectativas que generaron, entrado en las mismas dinámicas y vicios de la “Vieja Política” en menos de una década, y que la supuesta “refundación” de los antiguos partidos instigada por el 15-M haya quedado en una mera muda de piel de la misma vieja serpiente constrictora.

Pasó el confinamiento, pasó la desescalada, pasó el verano más extraño del que tenemos recuerdo y llegó la hora de confrontar los dos desafíos más importantes del final del 2020 infernal: la vuelta cole y la segunda ola. Ambos se afrontan con improvisación, sin los medios materiales y humanos necesarios y con un marco normativo incierto. Ambos tenían fecha en calendario desde mayo. Sinceramente, digan lo que digan los cuñados versados en conspiranoia, esto era lo único que importaba en realidad y se ha fallado por completo. Al igual que en marzo estamos a nuestra suerte fiándolo todo a una hipotética menor letalidad del virus como esperábamos que lo matase el calor y la llegada de la vacuna de Laboratorios Godot. 

Lo peor de todo es que estos seis meses han sembrado la duda sobre que haya alguien sentado en la Carrera de San Jerónimo capaz de dar alguna solución y el sistema nos obliga a buscarla entre ellos. No nos queda otra que volver a confiar en los estafadores. A ver si esta vez nos va mejor. No es un gran plan.



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